Emma Goldman, la voz libertaria en un mundo puritano

JUAN ÁNGEL JURISTO

Emma_Goldman_NYC_1916

Emma Goldman, durante su intervención en un mitin en Union Square (Nueva York), en 1916. / Wikimedia Commons

Habría que hablar de cierto acontecimiento editorial por la publicación por parte de Capitán Swing, de Viviendo mi vida, cuyo título lo dice casi todo, el primer volumen de la autobiografía de Emma Goldman, una de las mujeres más curiosas e importantes de la acción política del siglo XX, una mujer cuyas ideas sobre el uso de los anticonceptivos, el amor libre y la unión indisoluble entre placer y revolución la convirtieron en una rareza en los movimientos revolucionarios de los años treinta, marcadamente puritanos, y que, sin embargo, se convirtió en un estandarte en los años setenta, dentro de los movimientos feministas, llenos de espíritu libertario –los movimientos de mayo del 68 fueron determinantes en una nueva concepción del hedonismo en la izquierda–, que a la menor ocasión lanzaban un lema muy efectivo que estaba sacado de una frase de Emma Goldman, “Si no puedo bailar, no quiero estar en su revolución”. Una actitud gozosa ante la vida que la llevó a darse cuenta del lastre puritano de la izquierda de su época cuando muchos compañeros la reprochaban que realizara movimientos indignos de una revolucionaria cuando acudían a alguna fiesta y ella se ponía a bailar.

Dice en Viviendo mi vida: “Yo no creía que una Causa que defendía un hermoso ideal el anarquismo, la liberación y la libertad frente a las convenciones y los prejuicios, negara la vida y la alegría”. Actitud poco comprendida hoy día pero que muchos de mi generación conocimos cuando en España los movimientos comunistas clandestinos, no sólo el PCE, no gustaban del rock y veían con malos ojos que a sus militantes les gustara porque era música imperialista. Y mejor no hablemos de la actitud ante la homosexualidad, algo qe tuvo que soportar Jaime Gil de Biedma por parte de un hombre, por otro lado bastante dotado, como fueManuel Sacristán.

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Cubierta de la obra editada por Capitán Swing.

Palabras significativas en una mujer que son un programa de acción en la vida. Como su actitud ante la vejez y el modo en que se enfrentó a ella: “Descubrí con gran desconcierto que la vejez, lejos de ofrecer sabiduría, madurez y sosiego, suele ser una fuente de senilidad, estrechez de miras y rencores. No podía arriesgarme a esa calamidad y pensé en escribir seriamente mi vida”. Actitud que la llevó a ser una especie de Pepito Grillo cuya voz sólo la pudo callar un derrame cerebral que sufrió en 1940 en Toronto, Canadá, país en el que se había refugiado después de que la expulsaran de los Estados Unidos y llevara una vida errante por media Europa en los movidos años treinta, URSS incluida, donde su desencanto ante la Revolución y la represión estalinista fue terrible para su ánimo y España, que visitó tres veces, también durante la guerra civil, y donde hizo buenos amigos, como Federica Montseny y Josep Peirats, que escribió en su momento un libro sobre Goldman. Ni que decir tiene que se encontraba como pez en el agua en la CNT. Goldman poseía una cualidad extraña en la política pero también terrible: creía en la redención del ser humano, en su lado luminoso y desconfiaba de cualquier forma de autoridad. De ahí ese aspecto visionario que la acompañó toda su vida, como le ocurrió por otros motivos a Simone Weil, a Rosa Luxmeburgo, aspecto que muchos pueden calificar de ingenuo, lo que suele ser verdad, pero que obvia su lado más sutil: las ideas de estas personas fructifican en el futuro. Emma Goldman creía en el uso libre de los anticonceptivos en 1916, año en que defender esa postura era ilegal. Echemos un vistazo a lo que ocurre cien años más tarde.

Esta lituana de origen conoció la evolución del movimiento obrero casi desde sus comienzos pues se concienció a raíz de la ejecución de cinco anarquistas, después de los sucesos de Chicago el 1 de mayo de 1886 en la reivindicación de las ocho horas laborables y la explosión de una bomba en Haymarket. Emma Goldman pasó la mayor parte de su vida en los Estados Unidos en muchas cárceles porque era concienzuda y quería hacer la revolución a toda costa, así que se metió en actos que hoy calificaríamos de terroristas, como la complicidad que tuvo con Alexander Berkman, compañero suyo muchos años, que disparó al presidente de la Carnegie Steel Company, una de las grandes empresas de acero del mundo, dos tiros en el pecho sin matarle. A Berkman le condenaron a 14 años de cárcel pero para Emma Goldman fue su bautismo de fuego revolucionario. En 1893 la condenaron a un año de cárcel por manifestarse con una bandera roja, en la isla de Blacwell, lugar que fue en parte su privada universidad, pues allí se empapó de las lecturas de Thoreau, teórico de la desobediencia civil, Whitmann, Emerson, Nietszche, es decir, el lado más libertario que podían ofrecer los Estados Unidos. En la cárcel, pues, se educó pero también ejerció labores de enfermera, lo que la permitió ser comadrona de gentes de la clase obrera y perfilar sus teorías sobre los anticonceptivos.

También el amor libre, del que fue pionera, por lo que sufrió también prisión. Todos estos avatares son contados por Emma Goldman con una convicción que desarma. El lector, sin embargo, tiene que detenerse en esos primeros años de juventud. Ni la estancia en la URSS, ni la Guerra de España tienen cabida en este primer volumen a la espera de un segundo que la editorial quiere publicar el año próximo.

Pero es probable que este primer tomo sea el más interesante porque habla del nacimiento de una revolucionaria y del movimiento obrero norteamericano, que se conoce poco. Son los años en que se formó ‘Emma la Roja’, como se la conocía. En este sentido el libro no tiene precio.

Fuente:  Emma Goldman, la voz libertaria en un mundo puritano

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