Celebraron 85 años de García Márquez

LUIS R. DONALLE

 Gabriel García Márquez es uno de esos hombres que nacieron predestinados a alcanzar la gloria. Sus manos fueron benditas con la refulgente luz de la creación. Su pensamiento viajó por el mundo y caló en los corazones de millones de personas, hombres y mujeres que ayer celebraron el 85 aniversario del nacimiento de este adalid de las letras latinoamericanas.

En México, Rusia y Colombia rindieron tributo a Gabo. Fueron varias las actividades que se realizaron en su honor. Además, usuarios y usuarias de las redes sociales atiborraron la web con mensajes dedicados al escritor.

En Aracataca, municipio colombiano del que es nativo García Márquez, hubo una programación festiva que arrancó tempranito con una misa en la iglesia de San José. Luego, el conjunto de jazz de la Universidad de Magdalena presentó una serenata, el grupo de danza Remembranzas Folclóricas hizo una muestra de baile y Darlys Cáceres, de la citada academia, organizó una obra teatral sobre el libro de Gabo, Memoria de mis putas tristes.

También hubo talleres de pintura y fotografía y ponencias sobre el autor a cargo de los profesores Róbinson Mulford Leyva y Frank Domínguez Valiente y el pintor Lucho Agámez. Las actividades se realizaron en la Universidad de Magdalena, en la casa del Nobel y en la plaza del barrio 7 de Agosto, publicó el diario El Heraldo, de Colombia.

OTROS TRIBUTOS

En México, país en el que Gabo fijó su residencia, la celebración por el cumpleaños empezó la semana pasada. En el Palacio de Bellas Artes, en Ciudad de México, se realizó una jornada de disertaciones llamada La memoria del corazón: Gabriel García Márquez. En la actividad participaron los escritores Armando González Torres, Elisa Corona y José Mariano Leyva, reseñó el periódico La Jornada.

Asimismo, se montaron exposiciones itinerantes con objetos personales, documentos, fotografías y material relacionado con el autor. Mientras que en el club de lectura La Hojarasca, en Sinaloa, comenzaron ayer a leer Cien años de soledad, actividad que se tiene prevista sea de forma ininterrumpida hasta terminar el libro.

En Rusia también se acordaron de Gabo. El presidente saliente de esa nación, Dmitri Medvédev, galardonó ayer al escritor con la Orden de Honor. El literato fue honrado por “la contribución al fortalecimiento de la amistad entre los pueblos de Rusia y América Latina”, señala el comunicado del Kremlin.

En 2012 no sólo se celebran los 85 años del escritor, sino también se festejarán 10 de la publicación de sus memorias, Vivir para contarla; 30 de la obtención del Premio Nobel de Literatura; 45 de la publicación de Cien Años de Soledad y 60 de la aparición de su primer cuento, La tercera resignación. ¡Felicidades, Gabo!

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Cuando el Mago de Aracataca conoció el diccionario

Tenía cinco años cuando mi abuelo el coronel me llevó a conocer los animales del circo que estaba de paso en Aracataca. El que más me llamó la atención fue una especie de caballo maltrecho y desolado con una expresión de madre espantosa. “Es un camello”, me dijo el abuelo. Alguien que estaba cerca salió al paso. “Perdón coronel”, le dijo. “Es un dromedario”. Puedo imaginarme ahora cómo debió sentirse el abuelo de que alguien lo hubiera corregido en presencia del nieto, pero lo superó con una pregunta digna:

–¿Cuál es la diferencia?

–No la sé –le dijo el otro–, pero éste es un dromedario.

El abuelo no era un hombre culto ni pretendía serlo, pues a los 14 años se había escapado de la clase para irse a echar tiros en una de las incontables guerras civiles del Caribe, y nunca volvió a la escuela. Pero toda su vida fue consciente de sus vacíos, y tenía una avidez de conocimientos inmediatos que compensaban de sobra sus defectos.

Aquella tarde del circo volvió abatido a la casa y me llevó a su sobria oficina con un escritorio de cortina, un ventilador y un librero con un solo libro enorme. Lo consultó con una atención infantil, asimiló las informaciones y comparó los dibujos, y entonces supo él y supe yo, para siempre, la diferencia entre un dromedario y un camello. Al final me puso el mamotreto en el regazo y me dijo:

–Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca.

Era el diccionario de la lengua, sabe Dios cuál y de cuándo, muy viejo y ya a punto de descuadernarse. Tenía en el lomo un Atlas colosal, en cuyos hombros se asentaba la bóveda del universo. “Esto quiere decir –dijo mi abuelo– que los diccionarios tiene que sostener el mundo”. Yo no sabía leer ni escribir, pero podía imaginarme cuánta razón tenía el coronel si eran casi dos mil páginas grandes, abigarradas y con dibujos preciosos. En la iglesia me había asombrado el tamaño del misal, pero el diccionario era más grande. Fue como asomarme al mundo entero por primera vez.

–¿Cuántas palabras habrá? –pregunté.

–Todas –dijo el abuelo.

La verdad es que en ese momento yo no necesitaba de las palabras, porque lograba expresar con dibujos todo lo que me impresionaba. A los cuatro años dibujé al mago Richardine, que le cortaba la cabeza a su mujer y se la volvía a pegar, como lo habíamos visto la noche anterior en el teatro. Una secuencia gráfica que empezaba con la decapitación a serrucho, seguía con la exhibición triunfal de la cabeza ensangrentada y terminaba con la mujer que agradecía los aplausos con la cabeza otra vez en su puesto. Las historietas gráficas estaban ya inventadas pero las conocí más tarde en el suplemento en colores de los periódicos dominicales. Entonces empecé a inventar historietas dibujadas sin diálogos, porque aún no sabía escribir. Sin embargo, la noche en que conocí el diccionario se me despertó tal curiosidad por las palabras, que aprendí a leer más pronto de lo previsto. Así fue mi primer contacto con el que había de ser el libro fundamental en mi destino de escritor.

Fragmento del Prólogo escrito por Gabriel García Márquez, del CLAVE Diccionario del español actual (1999).

CIUDAD CCS

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