Artes visuales en la música vallenata

‘Parranda vallenata’, acrílico de autoría de Marianne Sagbini.

Eduardo Márceles Daconte

El departamento del Cesar tiene una significativa figuración en la plástica nacional con protagonistas que indagan en diversos caminos de expresión visual.

Entre los artistas que han enfocado el tema de la música vallenata es preciso mencionar a Walter Arland Ariza (Atánquez). Se trata de un artista autodidacta, miembro de la etnia indígena Kankuama, quien ha pintado, en una de sus series, motivos costumbristas: parrandas vallenatas, acordeonistas y bodegones en cuya composición observamos los instrumentos típicos de este género musical que se ha popularizado no solo en Colombia sino en el mundo entero. Más tarde, investigó en sus raíces ancestrales y retomó los símbolos de su cosmogonía donde, a partir de algunos frutos —como la calabaza y la auyama— explora su metamorfosis, con un colorido reminiscente del arte Pop, integrándolas a las sinuosas curvas humanas.

Por su parte, Marianne Sagbini tiene una trayectoria artística que ha estado jalonada por etapas que manifiestan intereses tan diversos como el Carnaval de Barranquilla, la pintura abstracta de connotaciones geométricas y escenas que remiten al Festival de la Leyenda Vallenata tales como Serenata vallenata, El acordeonista o Parranda vallenata.

Para ella la voluptuosidad de la fiesta folclórica se traduce en vivos colores que enfatizan las danzas, los instrumentos o los grupos musicales, en composiciones que remiten al regocijo del jolgorio popular. Las figuras humanas se fueron estilizando hasta integrarse como elementos cromáticos del conjunto para dar paso a una segmentación que se disuelve en manchas intensas o sutiles de orillas esfumadas. Así como se inclina por una diversidad de temas, también suele utilizar una pluralidad de técnicas para expresarlas.

Una artista que se ha destacado por sus méritos estéticos es Ineris Cuello. La espesa textura de sus pinturas encaja con los temas que selecciona. Son en general artefactos domésticos, instrumentos del vallenato, la música folclórica de su terruño, cafeteras, tazas, poporos de los indígenas para macerar las hojas de coca, que ella cobija con títulos como Ritos sagrados y profanos, Silencios forzosos o Festival vallenato. En algunos de ellos alude de manera discreta a la represión, el silencio como consecuencia de la violencia, con textos caligráficos que complementan las imágenes.

En el ámbito de la música se inserta también la pintura de Alejandro Marrugo, un pintor que destaca el conjunto instrumental básico del vallenato como son el acordeón, la caja y la guacharaca. Sus integrantes anónimos, enfundados en sombreros vueltiaos, tienen la dinámica de la ejecución musical en trazos expresionistas de colores impregnados sobre el lienzo con pinceladas nerviosas e imprecisas que traducen la voluptuosidad de esos ritmos tropicales.

Carlos Julio Márquez (Kajuma) no se propone ser realista, sus músicos están tallados sobre el lienzo con la frontalidad de una estructura pétrea. Son figuras desproporcionadas que enfatizan sus formas agigantadas con vestimentas de un vibrante colorido puntillista que asimila decoraciones y cintas que entrelazan a sus ejecutantes. En ellas es fácil advertir su interés por la sensualidad del volumen y la alegría contagiosa de sus melódicas canciones. El Heraldo

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