¿Hora de revisar la leyenda vallenata?

Danzas indígenas dan origen al Festival de la Leyenda Vallenata. Con ellas se recuerda el fin de un cruento enfrentamiento, por líos de faldas, entre la tribu tupe y servidores del portugués Antonio de Pereira.

Juan Carlos Ensuncho

No sé si el lector sepa de qué se habla cuando se habla de la ‘Leyenda Vallenata’.

La mayoría de las veces se le confunde con el mito de Francisco el Hombre, que habla de ese acordeonista legendario que retó al diablo y le ganó. Muy pocos colombianos, muy pocos costeños, saben el origen verdadero de semejante ‘leyenda’.

Digámoslo de una buena vez. La ‘Leyenda Vallenata’ que dio origen al festival, que a su vez contribuyó a la fundación y nominación del género musical, es la celebración de una masacre. Sí, leyó bien, de una masacre.

En la ‘Leyenda de la Virgen del Rosario’, ‘Leyenda Vallenata’ o ‘Fiesta del Milagro’ se conjugan elementos históricos sociológicos, fantásticos y religiosos que la distinguen como una de las tradiciones más antiguas de Valledupar y de la Región Caribe. Fuentes escritas registran los sucesos históricos que inspiraron la leyenda, tales como el documento “Constancia y Parte del Alzamiento de los Tupes contra la Ciudad de Valle de Upar”, en el cual Sancho de Camargo, escribano de Gobernación en la Provincia de Santa Marta, en 1582, confirma las declaraciones del gobernador Lope de Orozco en relación con el asalto de los indios Tupes e Itotos a dicha población, ocasionando numerosas muertes y la quema de la iglesia Mayor y el Santísimo Sacramento.

Posteriormente el cronista Juan de Castellanos, en sus “Elegías sobre Invasión de los Tupes a la Ciudad de Valle de Upar”, en 1586, y el alférez José Nicolás de la Rosa en su libro Floresta de la Santa Iglesia Catedral de la Ciudad y Provincia de Santa Marta hacen referencia a las manifestaciones de rebeldía de las tribus de la región.

Según cuenta la ‘Leyenda’, la hermosa india Francisca, casada con el indio Gregorio, ambos de la tribu Tupe y servidores del portugués Antonio de Pereira, fue agredida por la esposa de este. Ana de la Peña azotó a Francisca por las piernas y le cortó los cabellos en presencia de toda la servidumbre. ¿Sentía celos doña Ana de la indómita belleza de Francisca? No está claro. Lo que sí sabemos es que “dada la gravedad de la ofensa”, un indiecito Tupe de nombre Antoñuelo escapa y lleva las quejas al Cacique Coroponiaimo, quien organiza la revancha mediante ataque a la población, apoyado por los caciques Coroniaimo y Uniaimo.

Itotos, cariachiles, tupes y chimilas se van al ataque en horas de la noche del 27 de abril, tomando por sorpresa a los habitantes de la población cristiana a orillas del río Guatapurí. Proceden a dar muerte a sus moradores y a incendiar las viviendas y el templo de Santo Domingo. Este se resiste al fuego y en medio de los intentos de los indios por lograr su cometido, “surge de entre el humo y las llamas la figura de la Virgen del Rosario, quien con su manto ataja las flechas incendiarias de los agresores evitando la destrucción del templo”.

Los nativos huyen despavoridos en busca de refugio hasta llegar a la laguna de Sicarare, cuyas aguas envenenan con barbascos y preparan una emboscada a sus perseguidores. Con la ayuda de los negros esclavizados y bajo el mando del capitán Antonio Suárez de Flórez llegan los soldados de la guardia española y el capuchino catequizador al sitio de la celada, sedientos y cansados se acercan a beber el agua de la laguna, la cual les causa una terrible intoxicación y muerte.

“Una vez más aparece la imagen de la Virgen, quien con su báculo va tocando y resucitando uno a uno a los envenenados produciéndose así un milagro.”

Los acontecimientos terminan de recrearse el 30 de abril con la ceremonia de Las Cargas, donde se representa la quema del capuchino catequizador y el episodio de la muerte de los caciques, vencidos por la guardia española. La fuente es el Sistema Nacional de Información Cultural – Sinic– del Ministerio de Cultura de Colombia, que puede ser consultado por cualquier lector con acceso a Internet.

Una vez puesta en conocimiento del lector la ‘Leyenda Vallenata’, valdría la pena preguntarse: ¿Por qué los creadores del festival decidieron rendir tributo a semejante infamia? ¿No se dieron cuenta que estaban justificando con ese hecho, el exterminio de varias poblaciones indígenas? ¿O lo hicieron a propósito? Es tarde ya para escuchar las respuestas de Alfonso López Michelsen, Consuelo Araujonoguera y Rafael Escalona, a quienes les debemos gran respeto. Pero todas estas dudas se formulan con sobrada justificación, a la luz de un país que cada vez más acepta su diversidad: ¿Qué dirá Gabriel García Márquez al respecto? ¿Daniel Samper Pizano? ¿Enrique Santos?

Lo que podemos inferir rápidamente es que la ‘Leyenda Vallenata’ instaura por vía divina la supremacía de los españoles invasores sobre los nativos indígenas. ¿Será el vallenato una música cargada de tragedia desde sus orígenes? ¿Será hora de revisar la ‘Leyenda Vallenata’, a la luz de las nuevas tendencias de la civilización que interpretan la colonia a la inversa de los que se nos viene enseñando en el colegio?

Ahora, no podemos negar que el vallenato ha trascendido las fronteras del Caribe colombiano para convertirse en la música nacional. ¿Será su origen violento lo que le ha permitido hacerse a semejante ‘honor’? ¿Puede Colombia entera aceptar que su ‘música nacional’ tenga sus raíces en semejante masacre? ¿O estamos más bien urgidos de un sesudo revisionismo al respecto?

Y no vaya a pensar el lector que quien escribe es practicante de esa tendencia llamada ‘ateísmo’, tan en boga en estos tiempos. No. Todas estas preguntas me las hago desde la fe católica que profeso. Negándome a admitir que la Virgen del Rosario sea cómplice de la masacre perpetrada por los conquistadores. Así como me niego a admitir que María Auxiliadora sea cómplice de los sicarios de Medellín. O que los ejércitos del mundo necesiten de la bendición de los líderes religiosos para tener éxito en sus operativos de muerte y desolación. Porque quienes mueren en la guerra son seres humanos con igualdad de derechos.

Humanos a quienes se les priva del fundamental derecho a la vida. No importa el color que exhiban sus banderas, ni las ideas que profesen. Porque, recuerdo ahora al gran poeta Héctor Rojas Herazo, “ninguna idea justifica un muerto”.

Creo que va siendo hora en Colombia de que valoremos y respetemos mucho más nuestros múltiples orígenes. Nuestros diversos relatos. En vez de favorecer solo uno de ellos. Y de que seamos conscientes de una vez por todas de que lo que llamamos ‘origen blanco’ no existe. Porque, entre otras cosas, los diferentes reinos que conformaban la península ibérica en 1492, conformaban quizá el territorio más mestizo de Europa. Luego de haber soportado durante siglos la presencia de los judíos y de los moros, que configuraron un entrañable mestizaje que luego exportaron, allende los mares, al nuevo mundo.

Ya va siendo hora de que aceptemos que el nuevo mundo es eso, precisamente, nuevo. Y que seamos capaces de admitir que no somos unos ‘europeos venidos al trópico’ desde hace siglos. Al menos dos. Precisamente ahora que se da por celebrar el Bicentenario de la Independencia. ¿Cuál Independencia? Me pregunto. Pero bueno, ese es otro tema. El Heraldo.com

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Una respuesta a “¿Hora de revisar la leyenda vallenata?

  1. Manuel Villla Cuello.

    Esta es otra leyenda, de tipo histórico religioso, no tiene referencia al acordeon y sus juglares ni a los 44 años que lleva el Festival de la Leyenda Vallenata, por eso quedo un poco desconcertado. El relato del asalto indigena a Vedupar es un buen tema para escribir una cancion vallenata que relate los sucesos, con ello demostramos que la musica vallenata es cultura.

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