“Ahora tengo un Oscar, pero eso no me salva de la deportación”

Carmen Rengel

Esther no tiene alfrombra roja en su casa. Ha ido al cine un par de veces en su vida, siempre acompañada por sus maestros. Nunca ha viajado a Los Ángeles, pero sabe perfectamente dónde está, porque a sus 12 años es una experta con sobresaliente en Geografía. Esther no estuvo hace una semana en el Kodak Theatre, pero ha ganado un Oscar.

Su testimonio, junto al de sus compañeros de clase Mohammed y Johannes, le ha valido el premio de la Academia a los cineastas norteamericanos Karen Goodman y Kirk Simon, en la categoría de mejor cortometraje documental, por su obra Strangers no more (Extraños nunca más). Su historia es la de uno de los 830 alumnos del colegio público Bialik-Rogozin, al sur de Tel Aviv, un centro en el que conviven niños de 48 nacionalidades diferentes, la mayoría, arribados a Israel de forma irregular. Niños que, en un número de 400, van a ser expulsados del país en las próximas dos semanas, junto con sus padres, de vuelta a los países que abandonaron por el hambre, el paro, la persecución o la guerra.

Niños como Esther, a la que una estatuilla dorada sólo sirve como pretexto para sonreir de nuevo (es incansable), pero no para obtener una estancia legal. Ella es una de los niños que deberán abandonar Israel, deportada a la Suráfrica de la que escapó junto con su padre, Emanuel, tras el asesinato de su madre a manos de unos familiares. Había rencillas de dinero de por medio y ahora temen regresar y correr la misma suerte. “Ahora tengo un Oscar, pero eso no me salva de la expulsión”, resume. La bendición de Hollywood no evita la orden implacable del Ministerio del Interior. Su ultraconservador responsable, Eli Yishai, no cede: “Mi misión es preservar la mayoría judía de Israel”

El drama de Esther, hoy diana de los medios gracias al Oscar, es el mismo que el de otros 120 estudiantes del centro: no cumple con las condiciones exigidas por Interior para permanecer en el país. En su caso, el problema es temporal: llegó en 2007, hace cuatro años, y el Gobierno pide al menos cinco años de estancia para lograr los papeles.

No importan los informes favorables de sus maestros, explicando su completa integración en el colegio, ni su nivel excelente de hebreo, ni su deseo de ser “una mujer de negocios que haga cosas buenas por Israel”. Tampoco que su padre haya estado trabajando bajo cuerda todo este tiempo, avalado por jefes que hoy dan la cara por él. “Hemos alegado, y ahora estamos esperando, pero el abogado no nos da esperanzas”, concluye la niña, aterradoramente mayor, madura y seria de pronto. “Yo soy afro-israelí, me gusta esta tierra y es peligroso regresar a mi país. ¿Por qué no me puedo quedar?, dice mientras se quita de encima pelos rojos de su gato, “su pequeño”, llamado Shalom (“Paz” en hebreo). Si el recurso no prospera (hay esperanza para el 70% de los chavales del colegio), deberán quedar internados en unos pocos días en el centro especial de aislamiento que el Gobierno ha creado en el aeropuerto internacional Ben Gurion de Tel Aviv, un área equipada con camas literas, cunas, mesas de colores, juegos de mesa, balones… y decorada con dibujos de Pluto, Bob Esponja y Winnie The Pooh en el que las familias que van a ser deportadas aguardarán su vuelo de retorno. El padre espera la llamada del abogado mientras hace tiempo para recoger a Esther en la puerta de la escuela. Hoy tiene sesión extra con los psicólogos que la ayudan a superar la pérdida de su madre. El diagnóstico médico es de depresión, pese a su magnetismo, su radiante optimismo. Se mete a la gente en el bolsillo. El viernes pasado, durante una protesta en Tel Aviv, salió a cantar un tema elegido por ella misma y que es todo un símbolo en Israel: Ein li eretz acheret (No tengo otro país). Cuando acabó, en silencio, tomó un cartel que decía: “Los niños no somos ni ladrones ni asesinos”, y lo mostró a los más de 5.000 manifestantes, que aplaudieron sin cesar. “Sólo he venido a estar en paz y a hacer el bien. Espero que los políticos lo entiendan y dejen que nos quedemos”, insiste. Esther es ya el símbolo de la lucha contra la deportación.

Ella, salvo milagro de última hora, deberá irse de Israel, pero más suerte han tenido sus compañeros de documental. Mohammed, 19 años, no tiene más que un permiso de estancia, no la nacionalidad, pero al menos puede seguir viviendo en el país, estudiando, en paz. Llegó a Israel hace tres años desde Darfur, su tierra, que dejó tras presenciar el asesinato de su abuela y su padre  a manos de grupos rebeldes. Escapó a Sudán, contactó con las mafias y cruzó el desierto del Sinaí desde Egipto. Hasta que llegó al Bialik-Rogozin, no sabía lo que era un maestro, un pupitre, una pizarra. Nunca había pisado la escuela, “pero su inteligencia y determinación le permitieron recuperar los años de estudio que no había tenido”, explica el profesor Smadar Moëres. Ahora estudia Mecánica en una escuela superior de Kfar Hayakov, aunque lo que desearía es ser político en su país, “ayudar a su futuro”; por eso se esfuerza especialmente en aprender inglés y francés: “Con el hebreo allí no me entenderán”, relata al teléfono. Porque su deseo es volver a Darfur, aunque teme que lo maten. Resopla cuando se le pregunta por lo que allí pasó. “A veces no puedo hablar, pero es que pasamos mucho, como las personas del Holocausto. Los judíos han pasado por situaciones igual de duras y deberían entendernos. Mataron a mi padre y mi abuela, mis hermanas desaparecieron… Espero que el ministro Yishai entienda lo que nos ocurre y, un día, me dé el permiso para quedarme”, abunda. Cuando se graduó el año pasado intentó servir en el Ejército, aunque no tiene la ciudadanía. “Quería pagarle a este país lo que ha hecho por mí, porque aquí me lo enseñaron todo, a leer, a escribir, historia… Pero no me dejan, no me consideran de aquí”, dice. Cuando ve casos como el de Esther se llama “afortunado”, aunque no sabe cuánto le durará la estancia. El Oscar, insiste, es sólo una alegría pasajera. “Me alegro por los directores, fueron muy amables, pero no me sirve de mucho. Además, como estoy de exámenes, no tengo tiempo ni dinero para celebrarlo con mis amigos. El Oscar debía traer unos cuantos documentos consigo”, reivindica.

El tercer eje de Strangers no more se llama Johannes. De Eritrea. 12 años. Llegó a Israel tras pasarse media vida malviviendo en campos de refugiados de Oriente Medio. Tampoco él había estado nunca antes una escuela. Vive con su padre, que intenta lograr una visa de trabajo, y está en la antesala de lograr el estatus de refugiado, ya que huyeron durante la guerra con Etiopía. En el colegio empezó lento, sin prestar atención a nada, en su mundo, atrapado aún por el conflicto. Cuando comenzó a atender, los profesores se dieron cuenta de que tenía un grave problema de visión, estaba casi ciego de un ojo. El episodio en el que un maestro le ayuda a escoger sus primeras gafas especiales, gracias a las que ha aprendido a leer y escribir, es uno de los momentos estelares del documental. Ahora, explica el profesor Moëres, es él quien ayuda a los nuevos estudiantes a integrarse. “Es un anfitrión entusiasta”, afirma convencido. Johannes escucha de lejos, tímido, un poco cansado de las preguntas de los últimos días. Sólo pide que le dejen hacerse una foto con el Oscar, algún día.

Tres casos que ejemplifican el trabajo innovador y entregado de la escuela Bialik-Rogozin, ese centro colorista enclavado en el sur de Tel Aviv, cerca de la estación de autobús donde buscan contactos, acomodo y aliento los inmigrantes recién llegados, sin papeles. Simon y Goodman, los directores y productores del documental -que, además, tiene tres Premios Emy a sus espaldas-, calcaron para su obra el lema del colegio: “Una escuela donde ningún niño es extraño”. La base de su éxito es la integración desde la comprensión, su empeño en aclimatar a los chavales a su nueva vida, usando el hebreo, las actividades culturales y el juego como hilos de unión. “Juntos, los maestros y los niños hemos logrado una comunidad excepcional”, confirma el profesor. La mayor bondad del documental, dice, es que muestra “a todo el mundo la confusión y la angustia de los niños cuando llegan a Israel, su lucha ante las dificultades sociales y económicas, el idioma, etcétera. La escuela se enseña como un refugio para los alumnos”.

Ya bastante ha alterado la prensa el ritmo de las clases, así que en esta visita no permiten tomar imágenes. “Tenéis las de promoción”, se disculpan. Pero están las palabras para contar la fiesta, contenida, sobria pero feliz, con la que celebraron el Oscar. La preocupación por la deportacíón, por los papeles que no llegan, quedó aparcada en el rincón por un rato. Chavales de cinco a 18 años pintando banderolas, cantando en hebreo, mostrando los bailes de su clase de gimnasia. Un acto de puertas para adentro, de alegría común, y de aldabonazo hacia el exterior, “porque el premio de nada sirve si Mister Oscar no consigue que estos niños sean tratados como seres humanos y no como números”.  De momento, la magia del cine no surte efecto. Yishai se mantiene en su decisión, el primer ministro, Benjamin Netanyahu, no se pronuncia y sólo el presidente israelí, Simón Peres, llamó a los profesores para felicitarlos. “Podría haber llamado mejor a su colega de Interior para interceder por los estudiantes”, dice un profesor, enfadado, que opina como un espontáneo. La Asociación por los Derechos Civiles de Israel (ACRI) está promoviendo una campaña masiva de cartas al Gobierno para pedir que se paralicen las expulsiones, usando a Esther como abanderada de su causa. Apenas restan dos semanas para actuar. Los primeros aviones pueden salir de Tel Aviv en dos o tres días. Es cuestión de horas saber si esta película acaba o no con final feliz. Telesur

ml



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