Fantasmas en el aire. Sobre medios de comunicación y democracia

Jónatham F Morriche/ Kaosenlared

En el mundo realmente invertido lo verdadero es un momento de lo falso”, reza uno de los aforismos más conocidos de La sociedad del espectáculo, un libro visionario publicado por Guy Debord en 1967, que pone en primer plano el efecto aplanador de la comunicación de masas sobre las mentalidades individuales y colectivas en el mundo capitalista, y que fue ampliamente leído y debatido entre los jóvenes rebeldes de la primavera de 1968. Escritor excelentemente dotado, Debord se expresa de un modo a la vez sencillo y críptico, contenido y demoledor: “El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes. El espectáculo es el capital en un grado tal de acumulación que se transforma en imagen”. Debord fue duramente criticado por su pesimismo, pero hoy hasta sus peores predicciones parecen superadas por los acontecimientos. La llamada “prensa del corazón”, “prensa rosa” o “crónica social” aporta (junto con las retransmisiones deportivas) el grueso de las audiencias y los beneficios del sistema televisual español. Se trata de una gigantesca industria que no sólo transmite chismorreos sobre personajes de mayor o menor notoriedad pública y ofrece con ello una vía de escape rápida e inocente respecto de una realidad agobiante. También nutre de temáticas, valores y patrones de conducta a sus espectadores, dando formato a una cultura colectiva de plena irresponsabilidad cívica, en la que las consideraciones políticas o sociales están completamente ausentes o son tratadas con la más malsana frivolidad (en un país como España, recordémoslo una vez más, con un 20% de la población por debajo del umbral de la pobreza, 4’5 millones de desempleados, cientos de miles de personas acudiendo a los bancos de alimentos y miles de familias desahuciadas de sus viviendas, esto es, en un país en plena crisis social y a un paso de la nuda emergencia humanitaria).
Por poner sólo un ejemplo entre los muchos posibles, la revista Vanitatis, un conocido digital “rosa”, dedica últimamente su atención a asuntos tales como “El Cairo, espejismo fascinante”, “Las cenas de Nochevieja más exclusivas” o “Lifting de hilos mágicos, lo último”. ¿Para quién, El Cairo, las cenas exclusivas y los hilos mágicos? ¿Para los desempleados de larga duración que han perdido incluso la última ayuda pública de 420 euros durante seis meses? ¿Para los jubilados perceptores de miserables pensiones no contributivas que hacen de la tercera edad española una de las más empobrecidas de la zona euro? ¿Para los estudiantes endeudados para costearse carísimos másteres y postgrados imprescindibles para acceder al mercado laboral? Y sin embargo, el truco funciona, y muchos millones de espectadores (no pocos, víctimas ellos mismos en primera persona de la precariedad, el desempleo y la exclusión) permanecen diariamente hipnotizados durante horas ante la pantalla, donde una extensa recua de personajes de vida ociosa (en realidad, roles ficticios, diseñados por hábiles guionistas, publicistas y psicólogos de las cadenas y productoras, y encarnados por ambiciosos y dúctiles aspirantes a vividores) se echan en cara turbios asuntos privados y hacen ostentación de lujos y relaciones sociales en tertulias de una abrumadora pobreza conceptual y expresiva, saturadas de histrionismo y chabacanería, plagadas de tópicos sexistas, clasistas y racistas…
¿Mera inercia comercial de ofertas y demandas (“la televisión programa lo que el público pide”) o calculada estrategia de distracción, contención y convencimiento, orquestada desde las mismas élites empresariales que gestionan con una mano el capital financiero y con la otra la parrilla televisiva (como ha documentado exhaustivamente la investigadora Nuria Almirón en sus estudios sobre la estructura de propiedad de los principales grupos de comunicación españoles, europeos y latinoamericanos)? No hay lugar a estas alturas del serial para interpretaciones ingenuas: los medios son un negocio cuya importancia va mucho más allá de su beneficio contante. Los grupos de comunicación son para las grandes corporaciones “atalayas de poder”, como las define Almirón, desde las que vigilar y adoctrinar a la ciudadanía. En primer lugar, soslayando sistemáticamente sus propias responsabilidades en esta crisis que atravesamos, y enterrando sus verdades incómodas bajo una gigantesca y hedionda escombrera de banalidades. Mostrando obsesivamente unos pocos rostros seleccionados (el “famoseo”) para ocultar los muchos millones de rostros de las víctimas del desempleo y la exclusión, y los pocos centenares de rostros de los timoneles y beneficiarios de tamaño descalabro económico y político. Ni siquiera un medio tan moderado en forma y fondo como CNN+ se salva de la quema, en prueba del afán obsesivo de los dueños del mercado televisual por evitar cualquier referencia a la realidad que pudiera interferir en el encantamiento continuo de la distracción rosa.
Del estrato más repulsivo y zafio de este mercado emergen personajes alucinantes como la “princesa del pueblo” Belén Esteban. Armada de una retórica encendida de madre y esposa ultrajada, postulando abiertamente la incultura como forma exitosa y respetable de vida, dice Josep Ramoneda de su omnipresencia mediática: “no se trata de dar la voz a las clases populares, sino de enardecerlas para que sigan calladas, para que cedan su palabra al agitador que promete representarlas”. Llenando el espacio vacío de representación que deja una esfera política completamente desacreditada, valores tóxicos y personalidades banales del mundo “rosa” a la vez desaguan y taponan, a un ritmo controlado, los profundos y potencialmente subversivos malestares sociales propios de un tiempo de crisis. “A medida que la necesidad es soñada socialmente”, dice Debord, “el sueño se hace necesario. El espectáculo es el guardián de este sueño”. Un guardián que ya no toma la forma del torvo matón de la Pinkerton que reprime al obrero a la puerta de la fábrica con revolver y puño americano, sino del simpático y adulador parlanchín que acaricia las mentes de sus espectadores (cansadas y doloridas por el estrés de una convivencia social agriada por la explotación, la precariedad y la desigualdad) con una animada y consoladora reinterpretación del mundo basada en los valores del híper-consumismo y la trivialidad militantes. Ninguna noticia es suficientemente seria, ninguna matanza suficientemente sangrienta, ninguna crisis suficientemente profunda, como para interrumpir la verborrea polifónica de los distintos avatares de este mismo personaje, puestos en circulación por la industria para mantener el show en marcha y generosamente remunerados por sus útiles servicios: Jorge Javier Vázquez cobra millón y medio de euros anuales; Jesús Vázquez, tres millones; Ana Rosa Quintana, cuatro millones… Mercenarios de lujo, contratados no para aporrear a un puñado de obreros a la puerta de una fábrica sino para adormecer a millones en sus propias casas, poniendo rostro al impresionante poderío económico y tecnológico de los medios comerciales. Como advirtió Debord: puro capital transfigurado en imágenes.
La disidencia informativa frente a este espectáculo teledirigido será en los tiempos por venir prerrequisito indispensable de cualquier modelo inteligente de insurrección democrática. Otra comunicación social, libre de ataduras corporativas, es ya una realidad en construcción, y así lo demuestran medios digitales como Rebelión (www.rebelion.org), Kaosenlared (www.kaosenlared.net) o Periodismo Humano (www.periodismohumano.com), publicaciones híbridas o­n-line/papel como Diagonal (www.diagonalperiodico.net) o Transversales (http://www.nodo50.org/trasversales), editoriales independientes como Traficantes de Sueños (www.traficantes.net), televisiones digitales como Tele K (http://www.vallecas.org)… Difundir estas alternativas para la información y el debate, nutrirse de ellas y promover otras nuevas, a la vez que boicotear activamente los medios de comunicación de matriz y obediencia corporativa, tiene que ser un objetivo tan prioritario para las izquierdas como convocar manifestaciones, levantar huelgas o ganar elecciones. Todos podemos participar de esta toma de la Bastilla informativa: en manos de un puñado de buenos ciudadanos justamente indignados, un blog o red social, una cámara de vídeo y una fotocopiadora pueden convertirse en la peor pesadilla de un gobierno autoritario o una empresa explotadora: todo déspota grande o pequeño necesita y merece su Wikileaks. La dictadura de los mercados se cimenta sobre la gigantesca fantasmagoría mediática de mentiras y medias verdades. Conjurar esos fantasmas en el aire, y rescatar las realidades que enmascaran, socava los fundamentos del poder despótico y abre espacios decisivos para un ejercicio más veraz de nuestro derecho a saber, discutir y decidir sobre lo que nos concierne: aquel nobilísimo ejercicio de libertad en común que fuera una vez denominado democracia.
ml

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