Pancho Amat: ¡Tres, es uno!

¡Qué Pancho Amat es el mejor tresero de Cuba! Nadie lo duda. Esta entrevista aconteció en agosto de 2003, pero mantiene plena vigencia, sobre todo cuando hace apenas tres días se le otorgó el hace bastante tiempo bien merecido Premio Nacional de la Música.

Pancho es el máximo exponente de esa punzante guitarra cubana conocida como tres … Sus dedos regordetes -Cuba perdió un pésimo pelotero y ganó al excelente músico y pedagogo- traste arriba y abajo dejan escuchar pegajosas armonías que viajan en el tiempo y se remontan a su natal Güira de Melena, donde los ojos visionarios de la madre resultaron premonitorios en el futuro de su único hijo.

Me confesaba Francisco Leonel -pocos conocen su nombre- que mientras ella cosía saquitos para envasar carbón “mi padre expendía el tiznante vegetal por las calles a voz en cuello” ponía música en la radio para distraerse “y yo quedaba como embelesado”.

Ella, con su maternal pasión, descubrió que “aquella amalgama de sonidos me aquietaba y optó por darle el plato de latón y la cuchara, primeros “instrumentos musicales” que llegaron a sus manos y con los cuales “armaba una bullaranga de mil demonios”.

Con el tiempo aparecieron los regalos de tamborcitos y guitarritas de juguete, socorridos entretenimientos para Pancho, quien seguía sus instintos de músico salvaje. La deuda de cierto cliente con el papá trazó su sino definitivamente: “Con apenas siete años pusieron en mis manos el primer tres ¡de verdad!

Herminio Pérez, repentista, se encargó del resto pues enseñó al bisoño los primeros acordes en aquel barrio de ambiente popular nombrado La Vigía. “Con esa afinación rústica de son saqué mis primeras cosas; no las abandoné jamás”.

Adolescente, y el aval de sacarle partido al tres, la entusiasta profesora de literatura Migdalia Martí, logró que su pupilo se insertara en el mundo de las artes en general. Pero al inquieto tresero en ciernes no le bastaba: se vinculó al conjunto de sones de la fábrica de tabacos Montero, en su localidad, y hasta al grupo de guaguancó dirigido por el gran tamborero Sixto Sotolongo (Cochito).

“A la sombra de ese maestro de la percusión y del tresero de aquella agrupación, me inserté de lleno en las raíces de la música tradicional cubana”.

Por paradojas del destino, Francisco Leonel se hizo profesor en Física y Química… Como al “perro huevero”… jamás abandonó las ritmáticas cuerdas.

En la Universidad de La Habana, casi al término de la carrera, junto a algunos músicos del Grupo Moncada entonces, formaron lo que devendría meses después en Manguaré (nombre del tambor indígena peruano para comunicarse entre tribus) entelequia concebida para interpretar canciones latinoamericanas alternadas con las de la nueva trova del patio.

“Por primera vez asistí a clases profesionales, rememoró, y aprendí a tocar la quena y otros instrumentos; supe cómo emplear las cuerdas en la samba brasileña o la chueca chilena, y tuve el honor de trabajar con Víctor Jara, quien me enseñó el arte y desenvolvimiento sobre la escena”.

Empezaba el reto de estudiar y afianzar el concepto de que, para el artista, en particular músico, su objetivo “no es tocar lo que se sabe sino saber lo que se toca”.

En Manguaré fue asesorado por Frank Fernández. “Surgieron los Festivales de Son y me relacioné con músicos de la talla de Félix Chapottín, Miguelito Cuní, Carlos Embale, Tata Güines, Richard Egües. Trabajé con Silvio Rodríguez y Pablo Milanés… de ahí que mi formación sea bastante ecléctica: la trova, los músicos de base y aquellos de gran dominio técnico”.

Se perfiló Pancho el tresero, compositor, arreglista, director de agrupación, quien se nutrió de todo y lo cual, de alguna manera, se transparenta en su forma de interpretar y proyectar su quehacer, amén del estilo personal. “Martín Rojas me aconsejó: no dejes nunca el tres, ese es tu camino”.

En su música, remarcó, siempre estarán el vuelo de la trova y las esencias del son. “Luego todo se pulimenta. No se deben tener fronteras ni discriminar otras músicas, independientemente de la complicidad personal hacia alguna. Muchas veces en lo que hago puedes encontrar elementos del jazz, clásicos y hasta cadencias del pop o el rock.

Músicos aseguran que tocar el tres es difícil. Pancho lo corrobora. “El joven aprende en el conservatorio a darle a la púa; a saber dónde están las notas… pero después tiene que salir a la calle a buscar quién es Arsenio Rodríguez”.

En la intimidad Pancho contó, entre sus aficiones, el béisbol, al cual le dedicó tiempo… Fue receptor “y no era tan malo”. Pero lo cierto, confesó, “ocurrió el día en que tuve la brillante idea de abandonarlo, para bien del deporte”. Ama su hogar, la familia, hablar de música y disfrutarla. “Creo que si no hubiera sido tresero, sería el más triste de todos los hombres”.

(Por Marcos Alfonso, de la  AIN) /cubadebate.cu

 

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